Han pasado dos meses desde que la Reina nos prohibió salir a
cazar, tanto por la noche como por la mañana. La Reina ni siquiera nos
permitía beber sangre en el bar. Lo teníamos todo prohibido. Para no morir de
hambre la Reina
nos dio unas pastillas, las llamaban pastillas de sangre. Cuando las disuelves,
el agua se vuelve roja, como si fuera sangre, sabe a sangre pero no es sangre,
huele a sangre pero no es sangre. Cuando te alimentas solo por pastillas te
mantienes fuerte pero por poco tiempo y no lo aguantas, cuantas mas tomas,
sientes que necesitas mas sangre. Estar dos meses sin beber sangre era lo peor
que nos podía pasar.
Juvia y yo llevábamos separadas desde hacia varios días, por
lo menos 20, cada una nos habíamos encerrado en su habitación para impedir que
nos mordiéramos la una a la otra. En este estado cualquier olor nos enloquece,
y más el olor de una persona de la cual ya hemos olido su sangre.
Un día estando en mi cama revolviéndome por el olor de la
sangre que llegaba desde el bar, abrieron la puerta.
-¡Levántate!- dijeron desde la puerta
Me giré y veía con dificultad, llevaba mucho tiempo encerrada
en aquella oscura habitación sin luz. No puede distinguir a nadie en la puerta,
pero aun así me levanté. No tenía equilibrio, y casi me caí pero aquella
persona que estaba en la puerta me sujetó.
-¿Quien eres?-le dije.
-No hay tiempo para presentaciones.
Aunque no veía nada, sentí como me ponía algo en los ojos, a
modo de antifaz, después me tapó la nariz y la boca con un pañuelo, pero olía
muy fuerte, tanto que el olor de la sangre parecía desaparecer. Noté como me
empujaba, pero no sabía donde me llevaba. Hasta que se paró y me tiró al suelo.
-Quitarlas los antifaces.
Aquella habitación era oscura, iluminada por velas, las
cuales no hacían daño a los ojos. Cuando pude ver con claridad miré a mi
alrededor y a mí lado estaba Juvia, al igual que yo con un pañuelo tapándole la
nariz y la boca. Tenía los ojos muy rojos, jamás se los había visto así a
ningún vampiro. Cuando miré al frente vi a la Reina , sentada como siempre en su trono.
-Han pasado dos meses desde que os prohibimos salir a cazar,
dos meses en los que no habéis probado la sangre, solo os habéis alimentado de
pastillas.- reconocí la voz era la voz de Jasdero.
-La Reina
os dará una segunda oportunidad, podréis
volver a salir con la luz de día, pero no podréis volver a acercaros a
Verbastin. Esa la única condición para volver a dejaros salir.- la Reina no dijo nada, los
únicos que hablaban era sus consejeros.
-¿Aceptáis las condiciones?
Sin pensarlo dos veces las dos dijimos que si. Hacia bastante
tiempo que no comíamos, y el hambre podía con nosotras.
Nos soltaron y Sebastian, el mayordomo de la Reina , trajo con él dos
vasos de sangre. En cuanto nos soltaron y nos quitaron el pañuelo, nos dieron
el vaso, y como tiburones, nos tiramos a ellos en cuanto olimos la sangre.
Después de estar tanto tiempo sin probarla, la sangre del bar, que normalmente
no sabe igual que las de los humanos y no nos gustaba tanto, estaba deliciosa.
-Ahora salir, tenéis que estar fuertes para la guerra.- nos
acarició el pelo, como si de una madre se tratara y después se volvió a su
trono.
Los consejeros nos soltaron por completo y nos dejaron salir
de aquella sala. Cuando salimos, muchos de los vampiros que estaban allí se nos
quedaron mirando, pero no les prestamos atención nos fuimos a nuestras
habitaciones.
Durante los siguientes siete meses y llenas de odio hacia la Reina y sus consejeros,
salíamos a cazar todos y cada uno de los días. Matábamos a todos aquellos que
habían salido el día anterior en los periódicos. Matábamos a los ladrones,
asesinos, cualquier persona sospechosa para el resto del mundo. Una vez muertos
no nos preocupamos mas por él, íbamos en busca de la siguiente presa.
Por encima del odio que le teníamos a la Reina y los consejeros, por
encima de todo ese odio estaban los caza-vampiros. Nuestra verdadera meta, si
se iba a librar una batalla, era matar a todos los caza-vampiros del planeta.
Cuanto más matábamos mas llamaríamos la atención de esos humanos inútiles que
nos abandonaron cuando mas los necesitábamos.
Después de lo que habíamos pasado, ya no le teníamos miedo a
nada, y nada podía hacernos retroceder. Nos habíamos convertido en lo que
quería la Reina ,
asesinas, preparadas para la guerra que se libraría en poco tiempo.
Juvia y yo estábamos viendo el atardecer desde lo alto del
monte Dybex, en la ciudad de Arakawa.
-Raisa, ¿Por qué crees que tenemos estos poderes?- me dijo
Juvia sin dejar de mirar el horizonte.
-No lo se, puede que seamos especiales.
-Eso mismo es lo que dijo la Reina. - me recordó
-Puede que los tengamos por que seamos nosotras las que
debamos acabar con esta guerra.
-La guerra…- se rió, solo por un segundo.- esas entupida
guerra, desearía que esto fuera un sueño, y que nos hubiéramos quedado dormidas
en el cine.
-Si, a mí también me gustaría.-dije riéndome.- seguro que las
personas que estuvieran en la sala se estarían riendo de nosotras.
-Si.- las dos nos reímos.
-Al menos con los poderes podemos protegernos.
-Al menos con los poderes físicos, con los mentales es
diferente…
-Pero podemos protegernos, y tu poder mental es bastante útil
cuando estamos en peleas, podemos hablar nosotras dos sin que nadie nos
escuche.- la dije.
-Si, es verdad. Sabes, es raro pero cuando era pequeña pedí
un deseo a una estrella, que si me portaba bien me concediera el don de poder
escuchar los pensamientos de la gente, y de poder comunicarme con los demás
telepáticamente. Y ahora lo tengo, perece un milagro.
-Parece que tenemos mas cosas en común de lo que parece.-nos
miramos.-cuando yo era pequeña me dio por ver muchas veces las embrujadas, y
pensé que si yo tuviera un poder me gustaría controlar a las personas,
controlar sus mentes, es un poder un
poco raro pero me gustaba cuando lo vi.
Y es bastante útil.
-Parece que los deseos se nos han hecho realidad.- me dijo.
Cuando nos poníamos a hablar no había quien nos parara. Ya se
había hecho de noche. Muy de noche.
-Creo que es muy tarde, seguro que él ya ha salido.
-Si, vamos antes de que se nos haga tarde.
Bajamos del edificio y nos dirigimos en busca de nuestra
presa. Lo habíamos estado vigilando durante días, era una persona importante, o
al menos se lo creía, todos los de la ciudad le odiaban, o la gran mayoría al
menos. Le vigilábamos, y cuanto más le vigilábamos las ganas teníamos de
hincarle el diente. Era un hombre despreciable, había abusado de muchas chicas,
pero nunca lo habían encarcelado, ya era hora de que alguien le ponga en su
sitio. Le encontramos paseando por la calle, y se metió en un club. Nosotras
nos colamos en ese club para no dejar que se nos escapara. Estuvo hablando con
varias personas durante toda la noche. Salió del club casi al amanecer, sobre
las cinco de la mañana. Le seguimos por las solitarias calles iluminadas por
las farolas. Nosotras le seguimos no muy lejos de él. Segura mente sabría que
le estábamos siguiendo. Se giró rápidamente mirando hacia atrás, pero antes de
que lo hiciera, y gracias al poder de leer la mente de Juvia, nos escondimos.
Comenzamos a correr, de un lado para otro haciendo ruido. Golpeábamos las
farolas, las rompíamos, igual que si fuéramos fantasmas, aunque a los ojos de
los humanos parecíamos, los vampiros corríamos muy rápido.
-¿Quien esta ahí?
-Jeje... jeje… -nos reíamos para asustarle. Sacó una navaja.
-¿Quién está ahí, hablad?
-Con eso no vas a hacer nada, nosotras no podemos morir.
-¿Quiénes sois, dejadme en paz?
Aproveché ya que estaba confuso y me puse detrás de él.
-Sangre…- le susurre. Se giró rápidamente e intentó
apuñalarme pero lo esquivé.
Cuando me fui Juvia hizo lo mismo, se puso detrás de él.
-Muerte…- le susurró. También intentó atacarla, pero ella se
marchó.
Comenzó a correr por la
calle vacía sin saber a donde ir. Mientras le perseguíamos, no paramos
de hacer ruido y de gritarle el nombre de todas aquellas chicas de las que
había abusado, de las cuales algunas de ellas están en el hospital. Estaba muy
asustado y la calle que siguió era una calle sin salida. Estaba desorientado no
sabia donde estaba. Al ver que no había nadie detrás de él volvió sobre sus
pasos, consiguió dar unos diez pasos, pero después le cortamos el paso, nos
pusimos delante de él.
-¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?
-No estas en la mejor situación para preguntar nada.
-¿Pero quienes sois?
-Somos de esas personas con las que nunca querrías
encontrarte.
-¿Que, que quieres decir?
-Esto.-le enseñamos los dientes
Nos abalanzamos y le mordimos. Nuestros ojos, como el color
de la sangre, se volvieron rojos. Nuestro instinto asesino, asesinas era lo que
éramos en ese momento, afloró. Lo dejamos seco.
-No estaba mal un poco acida, pero nada mal.- dije mientras
me relamía.
-¿Sabes que la policía está buscando a la persona que está
matando a los criminales?-. Dijo Juvia limpiándose la sangre de la boca.
-Si, lo se, al menos, hemos podido hacer justicia con esas
chicas, aunque ellos no puedan hacerlo con nosotras.
-Nunca entenderé como la gente hace lo que hace y sigue como
si nada hubiera pasado.
-Está apunto de salir el sol, podríamos ir a descansar antes de
volver.- dije con cansancio
-Si, creo que tienes razón. Es tarde. Volvamos.
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